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lunes, 26 de octubre de 2020

RESPUESTA DE ANA LACALLE




  Escrito por Ana Lacalle

Antes que nada, querría agradecer a Luís Roca Jusmet este breve lujo concedido de entrar en diálogo, con una servidora, sobre las cuestiones que se plantean en su ensayo “Ejercicios espirituales para materialistas. El diálogo (im)posible entre Pierre Hadot y Michel Foucault” Ed. Terra Ignota.

Sin ánimo de prolongar innecesariamente el intercambio desearía recalar en la cuestión que, a mi entender, resulta clave en su obra, a saber: si la Filosofía es o no una forma de vida. Al respecto, en sus consideraciones a mi reseña, aduce:

“Respecto a mi afirmación de que la filosofía no es una forma de vida lo que quiero decir es que la filosofía es un deseo de verdad que nos lleva a una serie de prácticas de pensar, leer y escribir. Esto forma parte de nuestra vida, lo podemos considerar ejercicios espirituales en el sentido de Pierre Hadot. Pero el autoexamen, la escritura de sí, la atención son una serie de prácticas que no son en sí filosóficas. Foucault, en su último curso, habla de cuatro posibles maneras de entender al filósofo: como especialista, como profeta, como sabio o crítico. Hadot lo entiende como sabio. Foucault, y yo mismo, como crítico. Esto no quiere decir que haya un corte entre teoría y práctica, lo que quiere decir el que la lucidez filosófica te ayuda a problematizar y a abrir horizontes, pero no te dice lo que debes hacer.“

Bien, puesto que parece identificarse con la posición de Foucault del filósofo como crítico, me permito recuperar en este sentido el concepto de paresia del pensador francés a partir de los últimos cursos que impartió, y cuyas lecciones están recopiladas bajo el título de “Hermenéutica del sujeto” y completadas en la edición a la que me refiero[1] con una entrevista aguda, incómoda aseveraría para Foucault, publicada en la Revista Condordia.[2] Afirma respecto del concepto de paresia que, para que sea verdaderamente tal  la presencia del que habla, la verdad de lo que dice pueda deducirse a partir de su conducta y de la forma en que realmente vive, es decir, según Foucault, que el lenguaje se corresponda con la conducta; esta promesa, o compromiso está en la base de la paresia. Si el decir la verdad, no de forma arbitraria, sino con la habilidad de decirlo tal y como puede ser entendido, debe sostener una coherencia con el tipo de vida, hasta el punto de que la verdad del sujeto, que ha ejercido un cuidado de sí y un cultivo y conocimiento propio, pueda extraerse de su hacer, su forma de comportarse, su forma de vivir. Reitero la duda de que, en última instancia, la filosofía no sea una forma de vida para Foucault.

Aún hay más, al final de la entrevista mencionada el filósofo concluye, sin dilación alguna.

“La filosofía en su vertiente crítica -y entiendo crítica en un sentido amplio- ha sido el saber que ha puesto en cuestión todos los fenómenos de dominación, cualquiera que fuese la intensidad y la forma que adoptan -política, economía, sexual, institucional, etc.-. Esta función crítica de la filosofía se deriva hasta cierto punto del imperativo socrático: ocúpate de ti mismo, es decir, fundaméntate en libertad mediante el dominio de ti mismo.”-pp.142-

Y como sabemos, por sus propias palabras el cuidado de sí, el ocuparse de uno mismo implica para el filósofo una posición distinta del cualquier otro hombre libre. Una mirada que no puede prescindir de la paresia, en tanto que esta parece devenir la aptitud de identificar los juegos de verdad que se despliegan en las relaciones y desvelarlos; siempre en la medida en que el dominio de uno mismo, más accesible al que se ha cuidado de sí con rigurosidad, posiblemente el filósofo, hacen posible el conocimiento de las reglas ocultas del juego y, por ende, a un sujeto crítico y libre que busca también el cuidado y el ocuparse de los otros.

De lo dicho, creo que Foucault entiende, implícitamente, la filosofía como forma de vida, porque su función crítica no está solo al servicio de sí, sino principalmente al des-ocultamiento de las relaciones de poder y de los juegos del lenguaje que nos previenen de los peligros del poder, y sería contradictorio que su vida se desplegara descuidando estos peligros. Cosa que no tuvo lugar en la biografía de Foucault recorriendo su periplo vital.

Así, me atrevería a decir que hay individuos que poseen una actitud vital que ejercitada deviene una aptitud filosófica, consistente en el pleno desarrollo de esa semilla inquieta y crítica que yace en su espíritu. Y, en consecuencia, que la filosofía no puede ser más que en su vertiente práctica una forma de vida, admitiendo que como humanos convivimos a menudo con la incoherencia, el deseo de liberarnos de nuestros compromisos y de romper cadenas propias, pero que constituyen paréntesis que nos permiten nutrir nuestra fortaleza en relación con lo que hemos asumido como propio, en el caso que nos ocupa, la actividad filosófica.

No querría finalizar sin dejar claro que la reflexión filosófica es dialéctica y por ello debe manifestarse como diálogo. Aceptar voluntariamente vivir en el fango implica una lucha continua con uno mismo, un repensar las cuestiones que a uno le parecen más relevantes y, por ende, establecer un puente con los otros para que, huyendo de personalismos, seamos capaces de transformar, si algo así es posible, los engranajes que dañan la vida humana y social.

Agradezco de nuevo esta conversación virtual y escrita que, por meditada, puede ser más fructífera que los debates espectáculo sobre temas de gran calado que a menudo nos ofrecen medios televisivos y redes sociales.


[1] -FOUCAULT, Michel  La hermenéutica del sujeto. ( traducción de Fernando Álvarez Uría) Madrid : Ediciones de la Piquetal, 1994 (que no es la edición utilizada por Roca Jusmet, pero sí en la reseña y en este artículo)

[2] Entrevista con Michel Foucault realizada por Aul Betancourt, Helmut Becker y Alfredo Gomez-Muller el 20 de enero de 1984. Publicada en la Revista Concordia nº6, 1984, pp. 99-116.

viernes, 23 de octubre de 2020

REFLEXIÓN A PARTIR DE LA RESEÑA DE ANA LACALLE

 







Escrito por Luis Roca Jusmet

 Lo primero que quiero decir es que Ana Lacalle es una buena lectura. Es atenta, paciente, rigurosa y crítica. Sabe escuchar lo que dice el texto sin perder la distancia crítica y por ello consigue un diálogo fructífero con el autor del texto.

 A Ana Lacalle se le plantean dos dudas importantes. La primera hace referencia a mi manera de entender la ética, la moral y la política y la relación entre ellas. La segunda a mi afirmación de que la filosofía no es una forma de vida.

 Respecto al primer punto intentaré precisar y aclarar mi posición. Para mí la ética como arte de vida hace referencia al proyecto singular de cada cual. Es cada uno el que debe elegir su proyecto vital y ser coherente con él. Luego está la dimensión universal de la ética, a la que he llamado moral. Se basa en el reconocimiento de los otros sujetos como merecedores de respeto y de dignidad y por tanto con el mismo derecho a hacer su proyecto ético. Respecto a la política lo que establezco es, como en los casos anteriores, una propuesta normativa y no descriptiva. No digo lo que es la política sino lo que pienso que debería ser. La política debe ser el gobierno que garantice los derechos civiles y económicos de todos. Es decir, la garantía de una sociedad justa, que para mí quiere decir garantizar al máximo la igualdad de derechos y oportunidades.

 Respecto a mi afirmación de que la filosofía no es una forma de vida lo que quiero decir es que la filosofía es un deseo de verdad que nos lleva a una serie de prácticas de pensar, leer y escribir. Esto forma parte de nuestra vida, lo podemos considerar ejercicios espirituales en el sentido de Pierre Hadot. Pero el autoexamen, la escritura de sí, la atención son una serie de prácticas que no son en sí filosóficas. Foucault, en su último curso, habla de cuatro posibles maneras de entender al filósofo : como especialista, como profeta, como sabio o como crítico. Hadot lo entiende como sabio. Foucault, y yo mismo, como crítico. Esto no quiere decir que haya un corte entre teoría y práctica, lo que quiere decir el que la lucidez filosófica te ayuda a problematizar y a abrir horizontes pero no te dice loq eu debes hacer.

 Reflexiones rápidas a través de las cuales invito a Ana Lacalle a continuar el diálogo. 





miércoles, 21 de octubre de 2020

RESEÑA DE ANA LACALLE

 Reseña de Ana Lacalle publicada en la revista COMUNAS DEL LITORAL ( Argentina) y en LITORAL ( Argentina)




Ejercicios espirituales para materialistas. El diálogo (im)posible entre Pierre Hadot y

Michel Foucault.

Luis Roca Jusmet

Barcelona : Terra Ignota, 2027

En primer lugar, querría agradecer a Luis Roca Jusmet el que haya afrontado una temática nada sencilla y con coraje por su parte, y en segundo lugar el haber podido disfrutar de la lectura de este ensayo que entiendo pone en auge lo que debería ser un diálogo filosófico en el que se produce una interacción que interpela al otro siempre mediante la argumentación serena y amigable. Porque, en contra de lo que prima en nuestras sociedades, este tipo de intercambio no es una competición, sino un intento colectivo de comprensión de uno de mismo y del mundo que habitamos. También explicitar que una reseña crítica es una lectura siempre cuestionable de la obra que sea, en la cual quien analiza el ensayo puede hacer una lectura fallida o errónea del mismo. Esto forma igualmente parte de ese diálogo filosófico al que me he referido.

El ensayo de Luis Roca Jusmet se inicia con un recorrido biográfico de Pierre Hadot, seguido del de Foucault con el propósito de mostrar el recorrido vital dispar de ambos filósofos y mostrar el contacto ocasional y puntual que mantuvieron entre sí. Periplo que no avala, en principio, ningún indicio sobre posibles coincidencias en su concepción y desarrollo del quehacer filosófico, excepto la confluencia en la investigación de la cultura clásica griega y greco-romana, que fue el terreno prioritario y privilegiado de Hadot y, tan solo, un interés tardío en el caso de Foucault. Además, señala la diferencia sustancial entre el método de indagación de uno y otro: para Hadot la investigación, con el objetivo de no faltar al rigor en la interpretación de los textos, debe ser filológica, mientras que Foucault se propone siempre una genealogía del saber, una búsqueda de los orígenes desde el presente que implica el riesgo de leerlos textos antiguos con la mentalidad moderna.

La vocación didáctica de Roca Jusmet queda patente siempre en su voluntad de no avanzar ni un ápice en su proceso expositivo y argumentativo, sin previamente haber intentado clarificar todos los conceptos que van surgiendo, como si fuesen peldaños indispensables en los que el lector no debe tropezar ni obviar.

Establecidos los elementos claves que el autor del ensayo considera imprescindibles para comprender el planteamiento filosófico de sendos pensadores, procede a analizar y presentar por separado la concepción filosófica de cada uno.Así, presenta a Hadot como un admirador nostálgico de la filosofía clásica y greco- romana cuyo planteamiento le lleva a sostener la filosofía como una forma de vida. Roca Jusmet analiza cómo llega Hadot a esta concepción, destacando el proceso de conversión de uno mismo mediante lo que el francés opta por denominar ejercicios espirituales —los cuales hay que entenderlos despojados de toda connotación religiosa— como el recorrido irrenunciable, pautado en una serie de pasos, que lleven al filósofo a mostrar en lo cotidiano que sus ideas transforman su vida. Es decir, el conocimiento de uno mismo lleva a la coherencia entre lo que se piensa y lo que sehace, porque saber nos lleva a actuar con sabiduría. Cabe decir que lo expuesto aquí no muestra el análisis detallado que hace Roca Jusmet —para el conocimiento del cual invito a leer con calma el ensayo— sino que se intenta recalar en aquellas conclusiones que nos van a posibilitar la crítica y el análisis de este trabajo.

Por otra parte, en cuanto a Foucault, tras presentar brevemente la orientación de lo que podríamos llamar el Foucault más revolucionario e implicado en la vida política, el autor del ensayo se centra en lo que califica del último Foucault, el de los últimos años, en concreto aquel que imparte el curso “La hermenéutica del sujeto” y que muestrapor primera vez de una forma explícita un interés por la cultura clásica y se replantea la naturaleza de la Filosofía, sirviéndose de los textos antiguos como de referente,nunca como un intento nostálgico de recuperar el pasado, para repensar la tarea de la Filosofía en la actualidad.

Hay que clarificar que, si el concepto de ejercicio espiritual es el punto de conexión entre Hadot y Foucault, esto nos lleva necesariamente a dilucidar hasta qué punto uno y otro convergen en la noción de la Filosofía, como este quehacer espiritual-intelectual, en una forma de vida. En este sentido, y a pesar de las divergencias entre ambos autores que podemos notar a lo largo del ensayo, lo que entiendo que pretende mostrar Roca Jusmet es si el hecho de haber confluido en esta noción de ejercitar el espíritu partiendo del conocimiento o el cuidado de sí, puede llevarlos en los últimos momentos de la filosofía y la vida de Foucault a una noción semejante de qué es, al fin y al cabo, esta debatida y controvertida actividad que llamamos Filosofía.

La conclusión a la que llega el autor será que no; es decir que para Foucault no es una forma de vida, así como para Hadot ya hemos mostrado que sí. Esta conclusión está argumentada y justificada detalladamente, en el ensayo, en un capítulo en el que se va comparando aspectos de uno y otro filósofo en relación con esa noción de ejercicios espirituales, de la verdad y de cómo esta transforma al sujeto,en el que obviamente no me detendré porque lo relevante es enfrentarse con elresultado de la indagación de Roca Jusmet.

Entiendo que. para el análisis de lo que aporta o resulta sugerente de la labor realizadapor el autor, lo que nos interesa especialmente es el Epílogo, porque es en él donde se presentan las conclusiones de la investigación comparativa de la noción de Filosofía, y de lo que ello se deriva, entre Hadot y Foucault.

Creo necesario recordar aquí que, un diálogo filosófico consiste en argumentar y contrargumentar sobre el objeto que se está indagando con el propósito o quizás la esperanza de hallar una claridad mayor. Las controversias son, no solo habituales si las lecturas se realizan por sujeto distintos, sino diría que necesarias para que esa dialéctica proporcione una comprensión de lo que nos ocupa. Con esta voluntad se realiza la explicitación de concordancias y divergencias de el ensayo que nos traemos entre manos. Y esta puntualización está orientada a aquellos lectores neófitos que no estén excesivamente familiarizados con el discurso y diálogo filosófico, no por supuesto para Roca Jusmet que ha conseguido ponerme en jaque y cuestionarme aspectos importantes a lo largo del ensayo, y que sabe en qué consiste el juego filosófico —usando, tal vez irreverentemente, la terminología foucaultiana—.

Situándonos, pues, en lo que podríamos considerar el núcleo de las conclusiones de Roca Jusmet, este se propone identificar qué lleva a uno y otro filósofo -siendo contemporáneos- a discrepar en esa concepción de lo que es la Filosofía en relación con la vida de quien ejerce esa actividad. Así, apoyándose en la lectura de Martínez Marzoa —un referente ineludible en España para aprender a leer Filosofía— cree hallar el punto de digresión, entre uno y otro, en el hecho de que mientras Hado pretende pensar y vivir como un antiguo, Foucault está plenamente ubicado en la Tardomodernidad. En otros términos: para los antiguos el conocer determina el hacer, por eso entienden la filosofía como forma de vida; mientras que un moderno asume que el conocimiento de algo no nos dice nada sobre cómo actuar, al contrario: a más amplitud de conocimiento más posibilidades de acción se despliegan; y es precisamente ahí donde tiene cabida la libertad para los modernos o las posturas críticas respecto de la modernidad —que es lo que Marzo denomina Tardomodernidad— Como afirma Roca Jusmet “El arte de vida es algo que vamos construyendo a partir de nuestra experiencia y la filosofía forma parte de ella, pero no es un arte de vivir. La filosofía nos hace más lúcidos, pero no más felices”-pg.124- Habiendo establecido que los modernos, en su ruptura radical con la antigüedad, se ocupan del análisis de la verdad y de la ontología del presente y se hallan ante el abismo de haber constatado que el conocimiento teórico no es, ni puede ser el fundamento de la acción, de lo práctico, aparece el vértigo abisal en el intento de responder ¿Qué hay que hacer? o ¿Qué orienta, de facto, el hacer?, en tres ámbitos: el ético, el moral y el político.

Para ahondar en esta última cuestión Roca Jusmet se desmarca de Foucault y de lo que considera una interpretación de manual kantiana, que lo presenta con un rigorismo que no le pertenece y obvia los ricos matices de su moral —hay que decir que el propio Kant usa como sinónimos en ocasiones los términos ética y moral, hecho que, para el autor del ensayo, ese uso ambiguo de los términos no ayuda a avanzar en la conexión de ambos con la política—. Por ello, se propone establecer una distinción para él clara: la ética se ocupa del proyecto de vida de cada cual, es formal y los contenidos son subjetivos, mientras que la moral es un conjunto de principios que deben aspirar a la universalidad, porque es la tecnología que hace posible la convivencia social.

 En este punto me parece interesante remitirnos al sentido originario de uno y otro término, ya que tal vez contribuyan a disipar esa ambigüedad de la que se lamenta Roca Jusmet, y que le llevan a definir el concepto de ética y moral de manera como mínimo problemática. El término ética, recordemos, proviene del griego êthos que significa carácter, manera propia de hacer, costumbre, hábito. Lo cual es coherente con la convicción de que este carácter no es fijo desde el nacimiento, sino que se va forjando en términos aristotélicos mediante el hacer. Recordemos el principio del estagirita de que el hábito hace la virtud. Poseo la virtud de la generosidad en la medida en que, al realizar actos generosos, ese modo de actuar pasa a formar parte de mi carácter, de mi forma de ser.

Aquí se da un elemento diferenciador respecto de la ética socrático-platónica y es que aprendemos y conocemos a través de la experiencia, ya que es la práctica de una determinada virtud la que me lleva a poseerla como hábito de comportamiento y, por ende, al conocimiento pleno de lo que implica ser virtuoso. Así la ética es un conocimiento práctico que solo se adquiere plenamente desde su experimentación. No hay separación como se dice a veces entre lo teórico y lo práctico, tal vez por la manera en la que los textos de Aristóteles nos han llegado ordenados por disciplinas, sino una estrecha vinculación entre el conocer y el hacer; están imbricados inexorablemente. Por otro lado, el término moral de origen romano proviene del término mos-moris que significa costumbre, género de vida, conjunto de principios y tradiciones que rigen la vida social y también la voluntad individual y el carácter de las personas. Recordemos asimismo que en las culturas griega y romana el mantenimiento de las tradiciones y costumbres de los antepasados es fundamental, porque perciben el saber como un cúmulo de conocimientos. Bien, visto esto, parece que la distinción entre ética y moral es moderna. No pertenece a los griegos y no, como herederos de ellos, a lo romanos. La dimensión individual y social, como no podía ser de otra forma, está implícita en ambas culturas. Diría que es el afán por fundamentar racionalmente cualquier ámbito de la vida humana para que este alcance el reconocimiento y el respeto, lo que lleva a la distinción entre sendos términos. Pero como bien defiende Roca Jusmet, somos al menos modernos y por ello la ética como ese ejercicio de reflexión sobre lo que fundamenta la moralidad parece ser el marco que nos pertenece. De hecho, si como sostiene el autor la ética siendo solamente formal —y no he percibido que clarifique en qué consiste ese carácter formal— fuese materialmente subjetiva, la pregunta sin resolver a la que nos enfrentamos es en qué se basan esos principios morales que rigen la vida social y que deben tener un carácter universal. Porque ¿es clarificador afirmar que los principios universales, cosmopolitas se deben cumplir porque son racionales y nos benefician a todos? Más aún cuando esto implica la exigencia de minimizar la importancia de los valores culturales calificándolos de relativos, e implícitamente de secundarios.

Recopilando lo expuesto, las vicisitudes que no percibo resueltas en las aportaciones de Roca Jusmet son: ¿podemos entender como racionales los mismos principios? ¿qué hay implícito en el juicio de que algo es racional? ¿ciertamente nos benefician a todos? Si no partimos de una situación de igualdad por naturaleza a nivel individual ¿cómo puede haber algo así que sea beneficioso para todos sin discrepancia alguna? ¿Son secundarios los valores culturales? ¿no constituyen en las sociedades actuales causa de fricción, desacuerdo e incluso enfrentamiento entre la diversidad cultural que comparte un determinado espacio social?

Obviamente si los conceptos previos, que son lo ético y lo moral no quedan, según mi lectura, resueltos, nuevamente su nexo con la política se vuelve harto problemático. El autor acaba sintetizando con la voluntad de establecer los límites de cada término de acción de la siguiente manera: “Si la ética es el compromiso con uno mismo y la moral el compromiso con los otros, la política es un compromiso con la sociedad. Renunciar a la política sería renunciar a las instituciones justas y con ello a la lucha por un mundo mejor para todos”-pg.130- Y es aquí cuando entiende que partiendo de que el sujeto moral y político es un sujeto vacío porque es universal, es el sujeto ético el que aporta la singularidad pero interactuando con lo moral y político, porque esto es lo que le posibilitará ser lo que quiere, aterrizando de esta manera, según Roca Jusmet, en un elemento que valora como imprescindible, a saber el de la Emancipación, la cual solo será viable si la política garantiza unas condiciones materiales y sociales de vida mínimamente dignas. No puedo dejar de percibir en las palabras del autor un cierto utopismo que no verifica en absoluto la experiencia que de la política tenemos los ciudadanos de las sociedades occidentales. Al margen de la controvertida distinción entre la ética y la moral, ya planteadas, establecer el vínculo de estas con lo político para no renunciar a instituciones justas que posibiliten el despliegue del sujeto ético como aquel del que depende su proyecto vital, es decir la esperada emancipación del sujeto, resulta al menos un ideal poco arraigado en las sociedades empíricas, que no se halla nada lejos de otros desarrollos teóricos en vistas a la realización de cómo debe ser la sociedad, aún constatando que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Sorprende que la crítica realizada por Foucault, y referida en el ensayo por Roca Jusmet, a las Instituciones y las relaciones de poder que están íntimamente vinculados a los juegos de verdad, puedan ser obviadas en el momento de llegar a conclusiones sobre qué es la Filosofía, ya que no es una forma de vida para Roca Jusmet —ni para Foucault según la lectura de este—. Y, afirmo esto porque entiendo que, esta reflexión entre los ámbitos de acción relevantes y bien diferenciados del conocimiento teórico debería llevarnos a dilucidar en qué consiste la Filosofía práctica, como actividad hasta cierto punto autónoma de la teórica. Pero si el resultado es que desembocamos en un alegato ideal que poco tiene que ver con lo fenoménico, la cuestión que vuelve a mi mente, como un bumerán, es ¿Qué podemos hacer?, más que ¿Qué hay que hacer? Que nos remite al ¿qué debemos hacer? Kantiano. El deber y el poder no son formas asimilables; sería más eficaz reconocer que la pregunta acuciante hoy es qué está en nuestro poder, ya que esto dista enormemente del deber, aun suponiendo que este pudiera determinar una moral universal, que a mi juicio es mucho suponer. Entiendo pues que nos hallamos sumergidos en el ámbito de lo posible, no de lo deseable; sobre todo si de la vida política hablamos, ya que a cualquier voluntad auténticamente emancipadora debemos exigirle que parta de lo fáctico y profundice en ello, para que cualquier forma de entender la acción política no esté en absoluto falta de un realismo imprescindible.

Tras todo lo expuesto, y urgida por finalizar un escrito suficientemente extenso, desearía puntualizar lo siguiente:

- Una reseña crítica no puede detenerse en todo proceso argumentativo de la obra en cuestión, que Roca Jusmet no descuida en ningún momento, porque daría lugar a un ensayo sobre otro ensayo.

- Sugiero a los posibles lectores que se detengan especialmente en el concepto de ejercicios espirituales de Hadot y de parresia de Foucault, los cuales, a mi juicio, no hacen tan evidente que, a pesar de la tardomodernidad del último y de su ausencia de nostalgia por un pasado mejor, no entienda implícitamente—al contrario de lo que interpreta Roca Jusmet— la filosofía como una forma de vida, obviamente no en el sentido griego, pero sí con las peculiaridades propias del contexto histórico en el que vivió.

- Los ejercicios espirituales para materialistas que propone el autor me llevan a cuestionarme si no constituyen una cierta paradoja, al menos, con el hecho de que parece querer zafarse de la concepción de la filosofía como forma de vida, distanciándose de Hadot, pero recala en una serie de consideraciones que constituirían una caja de herramientas para vivir, aunque niega que esto tenga nada que ver con la Filosofía. Resulta difícil de encajar que de la reflexión filosófica derive esas tecnologías del yo, pero que a su vez estas sean ajenas a la Filosofía. O bien entiende esta última como algo trascendente vacío empíricamente y por tanto pura abstracción irreductible a los hechos, que le legitiman para proponer unos ejercicios pautados para cualquiera, o bien nos topamos con una cierta incoherencia que resulta ser más que una paradoja.

Concluyo esta lectura de la obra de Luis Roca Jusmet destacando la accesibilidad de esta para los neófitos, algo así como una introducción didáctica de lo que constituye un ensayo filosófico, y, a los ya familiarizados con este quehacer, el reto de repensar las cuestiones que nos propone con claridad el autor en relación, creo en definitiva a qué puede ser la Filosofía en la Tardomodernidad, que entiendo aparece implícitamente como la cuestión, aunque el autor insista en su propósito de facilitar ejercicios intelectuales que pueden ayudarnos a vivir mejor.


BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA :

-FOUCAULT, Michel   La hermenéutica del sujeto. ( traducción de Horacio Pons) Madrid: Akal, 2008

-HADOT, Pierre  La filosofía como forma de vida Conversaciones con Jeannie Carlier y Arnold I. Davidson         ( traducción de María Cucurella) Barcelona : Alpha Decay, 2009.

RIOS, Camilo  Desencuentros espirituales, entre el helenismo y la genealogía crítica delpresente. Reseña del libro de Luis Roca Jusmet “Ejercicios espirituales para materialistas. El diálogo (im)posible entre Pierre Hadot y Michel Foucault Revista Diferencia nº 8, 2019

- TESTA, Federico Hacia una historia de las prácticas filosóficas en Michel Foucault yPierre Hadot ( traducción de Patricia Salomé ). Revista Konvergencias nº 24, abril de

2017.



barcelona: Terra Ignota.

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